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de Sabino, dice que si Be espresó en el contrato el tiempo en que debia hacerse la devolución, debo atenderse al valor que entonces tenia la cosa prestada, y si faltó aquella espresion, al que tuviera cuando se pidió. En la misma autoridad se fundó el espresado jurisconsulto para resolver al precio de qué mercado debia estarse en semejante caso, y señaló el del lugar en que se convino hacer la entrega, y en defecto de esta designación, el del lugar en que se pidió. Es claro que en todo caso si hubiere demora por parte del deudor en satisfacer á su tiempo lo que debe, habrá de pagar el aumento de precio que después tuviere la cosa, porque seria injusto que su falta de cumplimiento perjudicase al acreedor.

Conviene hacer aquí alguna ligera indicación respecto á la devolución del dinero que se recibió en mutuo, porque hay algunas prescripciones que le son peculiares. El mutuatario por regla general no está obligado á devolverlo en la misma forma y materia que lo recibió, á no ser que se originen de ello perjuicios al mutuante (1), porque en la moneda se reputa que igual cantidad es siempre la misma especie; asi, suponiendo que uno hubiere recibido de otro en mutuo cien sestercios, en el supuesto deque cada uno de ellos valiera dos ases y medio , cumpliría la obligación de devolver que habia contraído, entregando doscientos cincuenta ases en lugar de los cien sestercios que recibió. Dimana esto de que en el dinero se considera mas que la materia y su calidad, el valor ó la estimación que representa (2). Mas esta doctrina no es estensiva al caso en que al celebrarse el contrato, hubieran espresaniente convenido los contrayentes la clase de moneda en que se habia de hacer el pago, porque entonces deberá ser guardada la voluntad de las partes.

Una cuestión interesante suelen suscitar los jurisconsultos respecto al préstamo del dinero, á saber: si en el caso de haberse aumentado ó disminuido el valor de la moneda después de celebrado el contrato de mutuo, no habiendo pacto Qspreso ni interviniendo demora por parte del deudor, deberá estarse al valor que tuvo al tiempo de celebrarse el contrato ó al tiempo del pago. Algunos jurisconsultos quieren que se atienda al tiempo del contrato, fundándose en que el valor estrinseco es lo único que debe considerarse en el dinero, y por lo tanto creen que no se hace ningún perjuicio volviendo la misma estimación que se recibió, y que asi queda cumplida la obligación del mutuatario. Otros, por el contrario, opinan que se ha de devolver atendiendo al valor que tenga al tiempo de

(1) Ley 99, tiU III, lib. XLVI del Dig.

(2) §. inicial, ley i, tit. I, lib. XVIII del Dig.

hacer el pago: fúndanse para ello en que la variación de la estimación de la moneda implícitamente lleva la variación de su valor intrínseco. La equidad aconseja que para no causar perjuicio á ninguno de los contrayentes, se atienda al tiempo del contrato si el valor intrínseco de la moneda ha cambiado, y al tiempo de hacerse la solución si solamente ha variado la estimación estrínseca: la razón de esta diferencia consiste en que el acreedor, á haber tenido guardado el dinero en su poder, se hubiera encontrado en igual caso. Esta es la opinión

Por último, advertiré que aun cuando por regla general la cosa que debe devolverse ha de ser del mismo género y calidad que la recibida, estas dos circunstancias de la devolución no son igualmente necesarias. Es esencial en el contrato de mutuo que la cosa que se devuelva sea del mismo género, y es solo natural que sea de la misma bondad; á lo que es consiguiente que el pacto de que se vuelva un género por otro cambie la índole del contrato , lo que no sucede con el que se limita solamente ála distinta bondad del género (1).

Ex meó tuum fiat.—No están todos los autores conformes en la etimología de la palabra mutuum. Varron la hace derivar de la lengua griega: Cujas quiere que venga de la palabra mulatio, porque se muda ó se cambia lo que se da por lo que se recibe, y esto hasta cierto punto se apoya en la autoridad de Cicerón. Mas dejando etimologías que á poco conducen, debe observarse que primitivamente y en su acepción propia la palabra mutuum no se referia al contrato, sino al objeto prestado; el mismo contrato se denominaba mutui datio, y así lo considera el texto.

Actio, quce vocatur condictio.—El mutuo como contrato unilateral produce solo una acción, á saber: la que compete al mutuante contra el mutuatario para que le igual cantidad de cosas y del mismo género y calidad que las que recibió: esta acción es de la clase de las personales, y tiene la denominación de condictio certi, de que se hablará oportunamente al tratar de las acciones.

Antes de pasar adelante me parece conveniente completar la doctrina del mutuo, hablando con brevedad del préstamo á interés, préstamo que fue en Roma por mucho tiempo un manantial de desórdenes y de convulsiones políticas.

Queda dicho que la entrega de la cosa dada en mútuo es la causa

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Del préstamo á interés.

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de este contrato, en el que debe devolverse otro tanto ni mas ni menos do lo recibido, de lo que se infiere que no pueden ser comprendidos en el contrato intereses por la cosa debida. Se ha dicho también que el mutuo es un contrato unilateral, y por lo tanto do derecho estricto: así es que cualquier pacto que se le agregue no tiene por su inmediata agregación al contrato fuerza civil de obligar, la que, como se ha visto antes, solo se daba á los pactos añadidos sin intervalo á los contratos bilaterales ó de buena fe. Resulta por lo tanto que para que se debieran válidamente intereses en el contrato de préstamo, era necesario otro contrato formal distinto del mutuo; á saber, una estipulación (1): en este caso la cosa prestada se llamaba sors, caput, res fcenebris, pecunia fcenebris, y á los intereses se daba el nombre de foenus, versura , usura.

No entraré en el examen de las diversas cuestiones que se lian promovido respecto ú la justicia y utilidad de la usura y de la intervención que en este negocio corresponda á la autoridad pública. Al primer golpe de vista debió sin duda parecer estraño que el mutuante pudiera llevar intereses, esto es, frutos civiles, por una cosa que ya no le pertenecía, porque, como se ha dicho, el mutuo trasfiore el dominio al mutuatario: agrégase á esto que no pudiendo usarse sin consumirse las cosas fungibles, únicas en que consiste el mutuo, se consideró como injusto pagar frutos civiles por el uso de una cosa de aquella naturaleza. Sin embargo de esto no cabe duda que hay justicia en los intereses que se llevan por la cosa prestada, y que la cuestión presentada en los términos espresados no está en su verdadero punto de vista. Los intereses que se pagan por el mutuo no son frutos civiles de la cosa prestada; solo son una compensación de las pérdidas y de los peligros que ej préstamo acarrea al acreedor, y déla cesación de las ventajas que él mismo hubiera podido adquirir si empleara el dinero. Por otra parle tampoco tiene fuerza el decir que no debe pagarse nada por el uso de una cosa que no puede usarse sin consumirse, porque si lo prestado ha producido utilidades al que lo ha recibido, si le ha servido para aumentar su patrimonio, ó al menos para evitarle dispendios que de otro modo hubiera tenido que hacer, es claro que realmente no puede decirse que se haya consumido la cosa que dejó de existir, sino que cambiando de forma, permanece siendo útil al mutuatario. Hé aquí los principios que justifican el interés que se lleva por la cosa prestada, bien sea dinero, ó bien cualquier otra cosa fungiblc, respecto á las cuales inedia también á las veces usura (2).

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El interés debo guardar proporción con los beneficios que del préstamo espera el que lo recibe y con los peligros que corre y lucros que deja de percibir el que lo bace; pero como es común, y lo fue mas en Roma, que los hombres adinerados abusen de la triste situación del infeliz que tiene la precisión de acudir á su avaricia, se ha apelado frecuentemente por los legisladores á medios mas ó menos directos para neutralizar las fatales consecuencias que origina á los hombres menesterosos la codicia de los capitalistas; al efecto se han dado en todas partes repetidas leyes que han servido mas para agravar el mal que para aliviarlo, porque haciendo retirar capitales de este empleo, los que continuaban dedicándose á prestar han hallado mejor ocasión de imponer la ley al necesitado, quien ha tenido que satisfacer con el aumento de la usura el peligro que corría el usurero al infringir las leyes que ó prohibían ó limitaban el interés del dinero.

En Roma hubo diferentes leyes sobre las usuras. Ya en tiempo de Cicerón solo podía llevarse un doce por ciento al año; á estas usuras se daba el nombre de centesima;, porque mensualmente tenia que pagarse como interés la centésima parte del capital. Justiniano reformó el derecho antiguo estableciendo diversidad de usuras con arreglo á la distinta calidad y circunstancias de los individuos y de los préstamos (1). Las personas ijustres ó los que tenían mayor consideración social, solo podían estipular usuras hasta la tercera parte de las centésimas, es decir, un cuatro por ciento; los que estaban al frente de establecimientos industriales y mercantiles, hasta las dos terceras partes, es decir, un ocho por ciento; y los que no se hallaban en ninguno do estos casos, la mitad de las centésimas, esto es, un seis por ciento. Unicamente era lícito estipular las usuras centésimas en el contrato que nosotros llamamos á la gruesa ó préstamo á riesgo marítimo (trajectitia pee unía), por los mayores peligros que corria el prestamista. Conviene advertir que las usuras solamente eran licitas dentro de los limites prefijados cuando se trataba de que recayeran sobre el capital; pero no las usuras de las usuras (2), á las que Cicerón da el nombre de anatoe.ismus, voz cuya correspondencia no se halla en el Diccionario de nuestra lengua, como tampoco las palabras alacernina ó gallerin, que según Valbuena son en el uso vulgar las que corresponden á la latina anatocismus. Los Emperadores Dioclcciano y Maximiano dieron una constitución imponiendo la nota de infamia á los que llevaran usuras de usuras (3): mas como habia

• (1) §. 1, ley 26, til. XXXII, lib. IV ¿td Cód.
(i) Ley 29 , lit. I, lib. XXII; y ley 27 , Ut. I, lib. XLII del Dig.
(3) Ley 20, Ut. XI, lib. XI del Cód.

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4 Is quoqué, qui non débüum accepit, ab eó, qui per errorem solvit, re obligatur; daturque agenti contra eum propter repelitionem con— dictüia aclio. Nam proindé ei condici potest: si paret eum daré oportere, ac si mutuum accepisset; unde pupillus, si ei sine tutoris auctoritate non debitum per errorem datum est, non tenetur indebiti condictione magis quam mutui datione. Sed hsec species obligationis non videtur ex contractu consislere, cum is, qui solvendi animó dat, magis distrahere voluit negotium , quám contrahere.

Aquel que ha recibido una canti- < dad que no se le debía de otro que le paga por error, queda obligado en virtud de la tradición, y á este se da contra el primero la acción condicticia para recuperar lo que entregó. En efecto, se puede intentar contra él la condiccion si parece que debe dar, del mismo modo que si lo hubiera recibido en mutuo; asi el pupilo á quien sin autorización del tutor se ha hecho por error el pago de lo no debido, no estará obligado por esta condiccion, de la misma manera que no lo estaría si hubiera recibido dinero en mutuo. Mas esta especie de obligación no parece provenir de un contrato, pues el que da con ánimo de pagar parece que mas bien quiere deshacer la obligación que contraerla.

ORIGENES.

Tomado casi literalmente de Cayo. (g. 91, Com. III de sus Inst.)

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