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sino la satisfacción de una deuda (1), á lo que se agrega que deben considerarse mas bien como correspondientes al peculio adventicio (2), y que recibiéndolas el hijo del mismo modo que un estraño, no debe colacionarlas, pues este tampoco las colacionaria (3).

Entre los bienes colacionabas se cuenta también la dote profecticia (4), la donación propter nuptias (5) y todo lo demás que se hubiera dado al hijo ó hija por razón de matrimonio (6). La colación de la dote tiene de singular que la hija en el caso de divorcio no debe llevar al acervo común mas que lo que de ella hubiere recuperado (7), á no ser que estando en la mayor edad y observando que el marido venia á pobreza, no empleara á tiempo los medios y recursos que le competían para conservarla integra (8).

No tiene lugar la colación cuando el testador por sí hubiere dividido desigualmente sus bienes entre los hijos (9), cuando él mismo prohibiere la colación (10), y por último, cuando el que debe colacionar estando contento con lo que recibió, no admite la herencia , con tal que la legítima quede salva á los demás.

Réstame solo advertir que la colación se hace de tres maneras: ó llevando al acervo común la cosa récibida tal como se halla al tiempo de la muerte de aquel de cuya sucesión se trata (ii), ó teniendo por recibido lo mismo que debia comunicarse (12), ó por último, dando fiador ó prendas á los demás coherederos (13).

Trasmisión de la herencia.

Principio general es que nadie traspasa á otro el derecho que en él no'ha radicado: el que aun no ha adido la herencia, no puede, por lo tanto, traspasarla á sus sucesores. Esta regla, sin embargo, ha sufrido modificaciones interesantes, de que ligeramente trataré en este lugar.

Por trasmisión se entiende el derecho que el que no ha adido ni

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repudiado una herencia traspasa á sus sucesores, para que la admitan ú la repudien. Dé aquí se infiere que la herencia se trasmite no como adida, sino como con derecho á adirse, non ut adita, según dicen los autores, sed ut adeunda; porque el trasmitentc no puede traspasar al trasmisario mas que el derecho que él tenia.

Los herederos suyos, solo por el hecho de sobrevivir á una persona, trasminan la herencia á cualesquiera descendientes (1), cosa muy conforme á la índole de las antiguas leyes que los consideraban como una especie de condueños durante la vida del padre en cuya potestad se hallaban. Los Emperadores Teodosio y Valentiniano publicaron dos constituciones estendiendo á otras personas la trasmisión de la herencia: una de dichas constituciones no se encuentra en el Código de Justiniano, y de consiguiente no debe ser considerada como parte de su derecho: hállase en el Código Teodosiano (2). Por ella se prevenía que en el caso de que un descendiente, constituido ó no en potestad, á quien se hahia deferido la herencia, muriese en la infancia antes que en su nombre hubiere hecho el padre la aceptación, pudiera este adquirir la herencia del mismo modo que si lo hubiera hecho en vida de su hijo. En la otra constitución (3) se establece que si los descendientes instituidos por un ascendiente cualquiera, murieren antes de la apertura de las tablas del testamento, conozcan ó no la voluntad del testador, trasmiten su derecho á sus descendientes de cualquiera sexo y grado -que sean. Justiniano (4) fue mas adelante, ordenando que si el llamado á la sucesión testamentaria ó ab intestató, sabiéndolo, moría en el término concedido para deliberar, ó antes de que este término estuviera fijado, con tal que fuera dentro del año que se le concede, trasmitiera á su heredero el tiempo que le faltaba para que dentro de él pudiera aceptar ó repudiar la herencia; con esto se ensancharon estraordinariamente los limites de las trasmisiones.

Bienes sujetos á reserva.

Frecuente es que muerto un cónyuge dejando descendientes, el que sobreviva contraiga segundo matrimonio. En este casó las leyes tienen establecidas algunas precauciones para que no se conviertan en benefició de los hijos habidos en segundas nupcias- lo que el que pasó á ellas había adquirido del cónyuge premortuo, y aun á veces de los hijos de su primer enlace.'

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Diferentes son las reglas que se sigueñ respecto á los bienes habidos del cónyuge, ó de los heredados de los hijos de primer matrimonio. Cuando provienen del cónyuge, bajo cualquier titulo quesea, «un anterior al matrimonio, ya por consecuencia de sucesión testada ó intestada, está obligado el que sobrevive á reservarlos á los descendientes del primer matrimonio para que se dividan igualmente imtre ellos, de tal modo que no puede disponer de parte alguna á favor de cstraOos, ni liacer de mejor condición á ninguno de dichos descendientes en particular (i). . ■

Lo mismo sucede respecto á lo que hereda el cónyuge sobreviviente de los hijos del primer matrimonio por título de sucesión intestada, si lo habían adquirido por razón del padre (2). El derecho anterior al imperio de Justiniano (3) hacia ostensivo a la sucesión testada del hijo lo que acaba de espresarse acerca de la intestada; mas el citado Emperador estableció (4) que los bienes adquiridos por el ascendiente con ese título no estuviesen sujetos ó reserva, dando por razón que en tal caso el ascendiente sucedía comd cualquier estrafió. Por razón de analogía parece que debería decirse lo mismo en el caso dé que los bienes provinieran de sucesión testada del cónyuge, lo que vendría á falsear la doctrina que antes he espuesto: no creo esto, sin embargo, siguiendo la opinión general de los jurisconsultos. Fundóme en que el derecho nuevo solamente habla de los bienes del hijo, cuando á haber sido su intención comprender los del cónyuge, lo huíieTa espresado sin duda. Agrégase á esto que los casos no son absolutamente iguales, tanto porque el que pasa á segundas nupcias causa cierta ofensa á la memoria del cónyuge que le precedió en el sepulcro, cuanto porque no es tan repugnante que los bienes.de un hermano pasen á sus medio hermanos hijos del segundo matrimonio, aunque tenga liermanos por ambas líneas habidos en el primero, como el que se conviertan en favor de los hijos del segundo matrimonio los bienes que el primer cónyuge dejó á quien, olvidando su memoria, pasó á nuevo enlace.

Estando introducidas las reservas á favor de los hijos del primer matrimonio, no tienen lugar cuando no los hay ó cuando han fallecido antes del cónyuge que pasa á segundas nupcias. A estos casos añaden algunos autores el en que los hijos hubieran convenido en la celebración del segundo matrimonio, p"orque creen que esto viene á ser una renuncia tácita de su derecho.

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Ci'iupaiactctv Je fa* tWtiuiixA toituitux¿ Wj»*tio£w «odie ía. cofaciou ij (ci dtaicí tmctoS a tíiSítoa.

Al comparar las doctrinas del derecho romano y español en el título XIX del Libro segundo de esta obra, manifesté que como los ascendientes ni en vida ni en muerte podían perjudicar á sus descendientes en 1a legítima, era necesario que las donaciones hechas por aquellos, á estos, ó bien con causa ó bien meramente para ejercer su liberalidad, les fueran imputadas; y espuse al propio tiempo cuándo eran imputables en el tercio, quinto y legítima, y cuándo én la legítima, en el quinto y en el tercio. De aquí se infiere que todo lo que los des^ cendientes han recibido de sus ascendientes es colacionable, aun en el caso de que sean mejorados; no con objeto deque se parta la donación en que consista la-mejora, sino para saber si cabe ó no en los bienes del finado, pues de lo contrario seria inoficioso en cuanto al esceso.

Hay leyes (1) en que espresamente se declara que los libros costeados por el padre para que el hijo aprenda alguna ciencia y los gastos hechos con este motivo no deben traerse á colación. Comunmente opinau los jurisconsultos españoles que los gastos hechos para la obtención de grados académicos y pafa los honores y dignidades que no producen frutos civiles, no deben ser tampoco colacionables: no me atrevo á adoptar esta opinión, porque semejantes gastos no pueden en-umerarse entre los alimentos consumidos, á que se refieren las leyes; de Partida, al paso que son un capital anticipado que da el padre á su hijo, constituyéndole de esta manera en mejor posición social y con mas medios para adquirir que á los hermanos á quienes no hizo iguales anticipaciones. . ■.'

Respecto á los bienes sujetos á reserva, también está nuestro derecho basado sobre el romano. Los bienes que el cónyuge que sobrevive ha heredado del finado ppr título de sucesión testada ó intestada, siempre están sujetos á reserva, y lo mismo sucede con los que le vinieron de sucesión intestada del hijo del prjmer matrimonio: no así en los que heredó por mera voluntad suya, como son las donaciones que del hijo hubiere recibido, y en el caso de sucesión testada la tercera parte de que podia disponer á favor de un estraño y no dispuso; la'reserva comprende las otras dos terceras partes de la herencia, puesto que corresponden al padre por disposición de la ley y no son un acto espontáneo del hijo, sucediendo en ellas el ascendiente comó tal y no como estraño.

(I) Lej3,Ul. VI, Parí. V; jlej 5, til. XV, Parí; VI. .• ■„" TITULUS X.

De acquisitione per arrogationem.

TITULO X.

De la adquisición por arrogación.

Hasta aquí ha tratado el Emperador de los modos de suceder universales, en cuya virtud se reemplaza la persona jurídica del que falleció. En este título pasa á hacerlo de un modo de suceder al que todavía no ha dejado su lugar vacante sobre la tierra.

Est et alterius generisper universitatem successió, quae ñeque lege duodccim tabularum, ñeque prmtoris edictó, sed eó jure, quod consensu receptum est, introducta est.

Hay otro modo de aquirir por título universal, que ni dimana de la ley de las doce tablas ni del edicto del pretor, sino del común consentimiento.

ORIGENES.

Copiado de Cayo. (J. 82, Com. III do sus Inst.)

Comentarlo.

Per universitatem successió.-—Ya se verá en el presente título que solo impropiamente puede llamarse universal este modo de adquirir. . Ñeque lege duodccim tabularum, ñeque prcetoris edictó. — Bajo cierto punto de vista es indisputable lo que dice aquí el Emperador, porque ni la ley de las Doce Tablas ni el edicto del pretor establecieron las adopciones. Mas es necesario también convenir que, admitido el principio de la adopción por las costumbres, era conforme á la ley de las Doce Tablas que el que estaba en potestad agena nada tuviera propio, sino que todo perteneciera á su padre.

Eccé enim, cum paterfamitias sese in arrogationem dat, omnes res ejus corporales, et incorporales, quxque ei debita; sunt, arrogatori antó quidém plenó jure acquirebantur, exceptis his, qusB per capitis-deminutionem pereunt, quales sunt operarum obligationes , et jus agnationis (o). Usus etenim et ususfructus, licét his antea connumerábante-, attamen capitis-deminutione minimi eos tolli nostra prohibuit constitutio (b). Nunc autem nos eamdem acquisitionem, qua? per arrogationem fiebat, coartavimus ad si

Cuando un padre de familia se \ daba en arrogación, todas las cosas corporales é incorporales, del mismo modo que los créditos que le correspondían, á escepcion de lo que se estinguia por la capitis-diminucion, como son las obligaciones de servicios y el derecho de la agnación, pasaban al arrogador (a). También el uso y el usufructo se enumeraban antes entre los derechos que se estinguian por la capitis-diminucion; mas una constitución nuestra ha resuelto que no se estingan (b). Ahora hemos coartado 2

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