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Imprenta de D. F. SANCHEZ , Plazucla del Conde de Miranda , núm. 6,

á cargo de D. Agustin Espinosa.

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El Derecho Romano, que el grande Leibnitz compara por la lógica rigurosa de sus deducciones con la geometria, es respetado ya como ley positiva, ya como razon escrita en todos los pueblos modernos, á que la civilizacion ha estendido su influencia. Monumento colosal, en que están aglomerados la esperiencia de los siglos, y los trabajos científicos de varones eminentes, es la legislacion madre, y á la vez un depósito inagotable de doctrinas para el filósofo, para el arqueólogo, para el filólogo, y para el historiador. Recorriendo a la sombra de las águilas romanas los paises á que estendian sus conquistas, y hermanando las máximas austeras de Zenon con la moral sublime del Evangelio , mas que ley de un pueblo, lo es del género humano: asi sobreviviendo a la nacion que le formó, lejos de perecer con la invasion de los bárbaros, pasa á ser precepto de los vencedores modificando sucesiva y lentamente su derecho y sus costumbres, y marcha a estender su dominacion á naciones que no habian sufrido el yugo de los Césares. De este modo el Derecho Romano, dirigiendo al mundo por mas de veinte siglos, viene á ser el derecho inmortal.

Su enseñanza es reputada como la base del estudio de la jurisprudencia , honor que merece, como dice Mr. Blondeau, porque como derecho modelo, es para los jurisconsultos lo que para los escultores y para los pintores son las adınirables obras maestras, que nos ha legado la antigüedad. Pero para nosotros

(1) Este prólogo es el mismo que lleva la obra en las ediciones anteriores.

el Derecho Romano no es solo un modelo; es además, bajo cierto aspecto, una parte de nuestro derecho nacional, ya se le considere en el terreno de la historia, ya en el campo de la práctica : leyes romanas componen esclusivamente el famoso de Aniano; el Fuero Juzgo ya trascribe testualmente algunas, ya con mas frecuencia supone y modifica sus principios; y las célebres leyes de Partidas, este código el mas cientifico y el de mas uso entre nosotros, viene á ser en los puntos de derecho civil el reflejo de las compilaciones de Justiniano. Aun es mayor su importancia en las legislaciones forales de Calaluña y de Navarra, en donde para suplir el silencio de la ley escrita se acude å las romanas. De aqui dimana el ardor con que nuestros jurisconsultos de todas épocas se han consagrado á su profundo estudio : de aqui que al interpretar nuestras propias leyes, no se hayan sabido emancipar del yugo á que voluntariamente se sometian de esplicar las de origen puramente nacional por las que solo habian obtenido carta de naluralizacion : de aqui que en la escuela y en el foro el Derecho Romano haya obtenido esa autoridad que con tanta frecuencia escede de sus limites legitimos: de aqui por último, que apenas atinamos á decir una regla de derecho o un adajio juridico, sin usar del idioma y de la precision con que nos los trascriben los ilustres jurisconsultos del tiempo de Caracalla y Alejandro Severo. El Derecho Romano , pues , ó bien se le considere bajo el aspecto cientifico, ó bien bajo el histórico nacional, ở bien bajo el puramente práctico, es indispensable al jurista español, que sin él ni conocerá la ciencia á que se dedica , ni podrá penetrar en los orígenes de las leyes, ni comprenderá su filosofia, ni su sentido verdadero, ni será por lo tanto capaz de aplicarlas con acierto.

No sostendré sin embargo, a pesar de todo esto, que ha sido legitimo el influjo esclusivo que por muchos siglos ha ejercido en nuestras Universidades: porque aunque origen de leyes no es ley en la mayor parte de la Monarquia , sino en cuanto está trascripto en un código español, y porque á su lado se elevan tambien Instituciones desconocidas de los romanos que nos dejaron las tribus septentrionales que los lanzaron de nuestro suelo, otras que muluamos del derecho canónico, y otras, finalmente, que tienen un origen verdaderamente nacional. Todas estas leyes son parles de un mismo todo, y este todo es nuestro derecho actual: el jurista español no puede dispensarse del estudio de las diferentes partes que le sorman.

Conocida la necesidad del estudio del Derecho Romano eu España, examinemos si el estado actual de su enseñanza está á la altura que reclaman los adelantos en que otras naciones nos han precedido. Lejos de mi intencion está disminuir en lo mas minimo la consideracion justa de que gozan algunos catedráticos de esta interesante parte de nuestra facultad: sus desvelos en el magisterio los hacen dignos del aprecio público, y su ilustracion conocida les revela la necesidad de enriquecer la enseñanza con los preciosos tesoros que las investigaciones de la escuela histórica y los descubrimientos de nuevos textos proporcionan. Pero si en las esplicaciones orales de la escuela algunos profesores han acreditado que estaban al nivel de los adelantamientos modernos , aun nos falta un libro que al mismo tiempo que los comprenda y los ponga al alcance de todos, se acomode á las exigencias de la enseñanza en nuestras escuelas. Esta es la gran tarea que tomo sobre mis débiles hombros, confiando mas en la benevolencia con que las Universidades han acogido mis trabajos anteriores, que en mis fuerzas para llevar á término feliz una obra de tan dificil desempeño.

Poco es necesario decir para probar que los autores que mas influencia tienen en las escuelas de España para la ensenanza del Derecho Romano, no satisfacen las necesidades actuales de la ciencia. Dos autores de gran mérito y de esclarecido nombre en la república de las letras, Vinnio (1) y Heineccio, por mucho tiempo han ejercido el privilegio esclusivo de darnos sus libros como el texto que dirigiera los primeros pasos de nuestros juristas. Los que nos han precedido en el magislerio nos han trasmitido los venerables nombres de estos jurisconsultos, rodeados del prestigio á que la sublimidad de

(1) Al hablar de Vinnio comprendo implicitamente la obra que el jurisconsulto español D. Juan Sala entresacó de la escrita por el ilustre aleman con algunas adiciones y notas relativas á nuestro derecho, y que publicó bajo el título Institutiones Romano-Hispanæ ad usum tironum Hispanorum ordinatæ.

sus talentos y la profundidad de sus estudios les daban un derecho indisputable: en nuestro respeto a la memoria de tan eminentes autores , parece que mirando sus obras como el último límite á que podia llegar la teoría elemental del Derecho Romano, hemos escrito Non plus ultrà por lema de nuestras escuelas, como si hiciéramos una protesta tácita contra la revolucion que en los treinta últimos años ha esperimentado esta preciosa parte de la ciencia. En la actualidad Vinnio va cayendo en un olvido casi total, y nuestra juventud está limitada á manejar los libros elementales de Heineccio. No cometeré yo la injusticia de pretender despojar á Heineccio del mérito real que tiene, y á que ha debido por mucho tiempo su popularidad en Europa : considero sus obras como un gran adelantamiento en su época , y creo que han contribuido en primer término a los progresos de la ciencia : no desconozco tampoco las objeciones fundadas que se oponen a su método combatido fuertemente y defendido con celo en vida aun del ilustre jurisconsulto. La reduccion de todas las doctrinas juridicas á axiomas es mas á propósito para ayudar a la memoria que para ilustrar al entendimiento, y estravia frecuentemente el juicio del lector por el empeño tenaz é inflexible de derivar un axioma de otro. Pero dejando aparle el incontestable mérito intrínseco de las obras de Vinnio y de Heineccio, solo diré que pertenecen á una época de la ciencia que no es la que alcanzamos (1). El siglo XIX puede considerarse como sucesor del XVI, por los trabajos históricos de la Alemania, cuyas huellas siguen los jurisconsultos belgas y franceses con éxito ventajoso : nuevos textos poseidos por la edad media , pero perdidos por siglos enteros para la ciencia , han venido á escitar mas y mas el ardor de los eminentes jurisconsultos que cuenta ya el siglo en que vivimos. Entre estos textos ocupan el primer lugar las Instituciones de Cayo, que dan una nueva faz al derceho anterior al Imperio de Justiniano, y que prueban cuán incompletas y cuán frecuentemente inexactas son las investigaciones de los escritores, que se vieron privados del raudal de luz que comunican. Asi es que los libros de Heineccio han dejado

(1) Vinnio nació en 1586 y murió en 1657 : Heinecio nació en 1681 y murió en 1741.

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